Pocos pueblos olvidan sus tradiciones, algunos las defienden y las transmiten. Sebastián Rizzo a cargo del taller nos cuenta los secretos e historia de la Murga.
Moreno, 12 Octubre [por Edgard Llanos / Agencia 144] Quienes caminamos distintos barrios del Gran Buenos Aires estamos acostumbrados a ver que a sus habitantes les faltan muchas cosas pese a que viven a pocos kilómetros de la gran urbe. En el mejor de los casos existen calles rotas; en la mayoría son calles de tierra intransitables en donde juegan pibes y los adolescentes sólo llenan de ocio su tiempo. Sin luces, con veredas que existen a fuerza del orgullo de algunos vecinos; con las zanjas obstruidas de yuyos, deshechos y aguas estancadas. Por allí cruzan “nuestros pibes” a quienes muchos políticos se refieren como “el futuro de la patria”.
En ese contexto social y económico –que pareciera común a cualquier barrio del GBA-, funciona la Escuela 20 de Cascallares, una zona distante 40 minutos de la Estación ferroviaria de Moreno.

Allí nada es distinto, salvo el tesón de algunos docentes y profesores que los sábados organizan “distintos talleres para sacar a los pibes de la droga, darles otra opción y allí les enseñamos murga donde los chicos vienen a aprender”, cuenta Sebastián Rizzo.
En estas recorridas lo encontramos a él, “el profe” como le dicen los pibes, Sebastián, como se presenta él, quien cuenta apasionadamente que “la murga es el arte más popular, incluye todas las edades y está en todos los barrios”.
Para muchos de nosotros, la murga es la rebeldía, el ruido y el baile, pero para Sebastián la murga “es una cuestión de todo lo que pasó en Argentina, el baile desfachatado tiene que ver con los negros del 1800, cuando había una gran comunidad negra, antes que los manden a la guerra”, advierte. “Con la fusión de los inmigrantes italianos y españoles, se dio esta forma de expresión del carnaval”.
Es común ser crítico de las acciones culturales del Estado y al respecto Rizzo se queja de que “hay mucha falencia, todavía está vigente un decreto militar que prohíbe los carnavales; existe una realidad, en algunos municipios organizan carnavales, se hace murga, pero en otros no nos cabida”. Y asegura que “desde la provincia debe haber una política para organizar los carnavales, por que hay que permitir que la gente se divierta”.
Es común que este baile al compás de los bombos, sea más asociado al país vecino que al nuestro y “será por que Uruguay lo tiene más arraigado, más profundo, allí se festeja fuertemente el carnaval”, y a diferencia de los porteños “que no se apropia de esos días feriados, no juega al carnaval; aquí se han roto algunos lazos sociales que tienen que ver con nuestra identidad”, nos dice Sebastián.
El ruido del bombo siempre llama la atención, Rizzo sostiene que “el sonido del bombo nos recuerda cuando estamos en el vientre de nuestras madres, lo que sentimos es el corazón de quien nos dará vida y es por eso que cuando venimos al mundo, la parte de la percusión y el bombo nos llena los oídos y nos acercamos a ese instrumento”.
Nuestro especialista en murga no podía dejar de acercar el tema del marketing, “la murga es una propaladora, es como la publicidad móvil de cualquier evento, llama la atención el sonido del bombo”, quizás por esa situación “en muchos encuentros de teatro ser hace un desfile inaugural y lo encabezamos las murgas”. Hace pocos días se realizó uno entre elencos de teatro de San Nicolás, La Plata, Pinamar y Moreno y Sebastián recuerda que “participamos junto a los amigos de la Murga Esperanza Callejera de Cuartel Vº, que nació de un grupo de teatro y se transformó en murga”.
Pocos lugares existen en el país para capacitarse en este arte popular “uno de ellos es el Rojas, donde a principios de los ´90 se empiezan a dar talleres, es por eso que nace esa forma de murga-taller”. Hace años –sostienen los estudiosos- esta forma de expresión era trasmitida de generación en generación, Rizzo cree que “las prohibiciones de la dictadura las mugas dejaron de salir y esa cultura se perdió; está bueno tener un lugar para ir a aprender, son esas cosas que nos robaron y a las que hay que volver”.
La Escuela 20, aquella que fundara el genial pintor Molina Campos, donde funciona este taller de murga, abre las puertas los sábados. Con las ganas de los “profes” para enseñar sus artes, pero sabiendo que aportan un puente real para pelear contra las tentaciones que la sociedad le ofrece a “nuestros pibes” o como les gusta decir a los que tienen responsabilidades mayores “al futuro de la Patria”.
En nuestra despedida, rodeados en medio de la calle del color y el maternal sonido de los bombos, este joven transmisor de cultura popular, pide que “la gente que hace teatro, los que hacen arte callejero, los que hacemos murga, debemos empezar a juntarnos y empezar a hacer cosas juntos”. Sin importar “las diferentes ramas del arte –como señala Sebastián Rizzo- para que no se vuelvan a perder estas culturas”. Todo un desafío. [Agencia 144]